Frente a mi casa, hay un terreno donde viven dos caballos.

De lejos parecen caballos comunes, pero si nos acercamos, percibimos que uno de ellos es ciego. Aún así, el dueño no se deshizo de él y le consiguió un amigo, un caballo más joven.

Cuando uno de ellos se mueve, se puede escuchar el sonido de una pequeña campana, que el caballo más joven lleva colgada de su cuello.

Así, el caballo ciego sabe donde está su compañero y va tras él.

Pasan el día pastando y al finalizar la jornada, el caballo ciego sigue a su compañero hasta el establo.

Y tú percibes que el caballo menor, está siempre mirando a su compañero, para ver si este lo sigue y algunas veces decide esperarlo. El caballo ciego se guía por el sonido de la campana, confiando que su compañero lo llevará por el camino cierto.

Esta hermosa historia, (de autor anónimo) nos sirve para identificarnos. Algunas veces somos el caballo que guía y otras tantas el caballo guiado, que tiene ciertas limitaciones o dificultades y necesita oír la campana.

¿Te has puesto a contar cuántas campanas suenan a tu alrededor? Quizá las más cercanas son las de tus amigos que te guían, cuando tu camino es incierto. Quizá oyes la voz de tus padres, que te alientan a no abandonar, a conseguir tus objetivos. Quizá sea sorprendente, pero hay personas que no siempre las ves, pero cuando tu vida necesita un sonido, ellas emiten uno especial, que es música para tu alma. Puedes oír infinita cantidad de sonidos, pero el de la campana que te guía es único y siempre sabes identificarlo porque genera en ti la confianza típica que provoca hacer las cosas bien.

Probablemente, el caballo ciego veía la vida a través de los ojos de su amigo; y eso también nos sucede cuando estamos cegados por una situación, o un problema difícil de solucionar; los amigos llegan para ver el problema de otra manera y ponerle color a nuestra imagen. Los buenos amigos dan placer a nuestro cerebro, porque se transforman en nuestra retina, y por ahí pasan los más lindos deseos, enseñanzas, momentos, recuerdos, alientos, y hasta ese empuje que muchas veces necesitamos.

Nos esperan, en la vida por si nos hemos quedado inmóviles; nos cobijan cuando las situaciones nos dejan al desnudo, nos abrazan sosteniendo en sus manos nuestra alma, nos impulsan para llevarnos más lejos y nos acompañan para reducir al mínimo nuestra soledad.

Mientras miro a los dos caballos en la pradera, veo también a dos de nosotros, -cualquiera sea nuestra relación -, que sumados dan uno; y es maravilloso poder descansar por un tiempo en los ojos del otro, es hermoso dejarse llevar, guiar, encaminar y confiar. Es bien lindo el privilegio de que Él nos regale a alguien para que nos guíe, es la forma que tuvo de consentirnos.

Mi campana para ustedes hoy es de aliento, para que encuentren el sonido que mejor les vaya, para que no dejen ir al caballo que los guía. Mi sonido es un sonido de alerta, para que valoremos a aquellas personas que se encargan de nuestra vida, nuestra salud, nuestra espiritualidad; para que nos dejemos llevar confiadamente. Mi sonido suena tal vez un poco alto, para que aquellas que personas que dejaron de sonar, lo vuelvan a hacer, para guiar a otros que están cansados y necesitados de llegar al establo y dormir en paz.

Mi sonido es de esperanza, porque no sólo pueden sonar, sino también iluminar con vuestra obra a quienes viven - aún con vista -, en la oscuridad

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